lunes, 9 de febrero de 2015

El psicólogo que conocía a mucha gente.

Érase una vez, un psicólogo que conocía a mucha gente. Conocía a muchísima gente. Es más: conocía a todo el mundo.
No diré que saludaba a todo el mundo con el que se cruzaba por la calle, pues sería falso.
Había gente que no se acordaba del psicólogo, pero el psicólogo sí que se acordaba de esas personas.
Había gente tímida que prefería no saludar antes que hacerlo, parecer ridículos y golpear a su pobre autoestima.
También los había quienes no saludaban al psicólogo porque no tenían modales y eran personas irrespetuosas.

Puede que no todos saludaran al psicólogo, algunos no recordarían ni su cara, pero el psicólogo sí se acordaba de todos ellos. Pero, por lo general, todo el mundo saludaba al psicólogo al verlo pasar. El psicólogo les respondía con un gesto de sus labios curvados risueños o bien con un ligero movimiento de cabeza. Parecía inverosímil, pero conocía a cada persona que pasaba por su lado: persona que compartía una taza de té en la cafetería era persona que conocía, a la que compartía asiento en el metro también la conocía y a aquél con el que compartía la espera con su mascota a que el veterinario atendiese al animal también sabía de él (por supuesto al veterinario también lo conocía).

Bien los conocía porque había tratado hacía varios años, o meses, puede que escasos días, a una de estas personas en su consulta. Bien porque pertenecía a su ámbito de amigos, familiares, conocidos, compañeros de batalla, compañeros de parranda, compañeros de fatigas, compañeros de sueños, compañeros de universidad, compañeros de... bueno, ya sabes, cualquier tipo de trato compañeril que hubiese tenido, recientemente o antaño, ya le da derecho a decir "conozco a esta persona".
¡A veces conocía a una persona de lo que le habían contado sobre ésta!

Y es que todo el mundo estaba conectado con todo el mundo, como si de cuerdas rojas invisibles irrompibles se tratasen. Dicen que una persona cualquiera, incluso tú, querido lector, que estas leyendo este fragmento extraído de mi propia imaginación, puede que tú estés conectado con una fuerza invisible abstracta, llámalo magnetismo, con algún pariente cercano a Edgar Allan Poe. Por lo cual, si hablases con tu tia, esta tia hablase con su amiga la del videoclub, la dueña del videoclub hablase con el primo que la fichó en el videoclub y que es guionista de cine, el guionista de cine se pusiese en contacto con algún amigo suyo medianamente conocido, éste amigo hablase con el director que conoce al tataranieto de Edgar, probablemente lo conocerías.

Esto de conocer a todo el mundo al psicólogo no le entusiasmaba en absoluto. Muchísimas eran las tardes que se quedaba absorto contemplando la pared blanca de gotelé de su habitación y pensaba:

-¡Maldito código Deontológico!

Efectivamente, como bien rezaba la primera de las normas dentro del código Dentológico del Colegio Oficial de Psicólogos: cuando conoces a una persona, se te impide tratar con ella en consulta y ofrecerle algún tipo de ayuda terapéutica.



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